... en esta gran ciudad
que no tiene final.
pero los dias pasan
y las semanas
se precipitan
y antes de que me de cuenta..
... un año se ha ido ya.
y nunca veo la cara de
mi viejo amigo...
...porque la vida es
una rápida y terrible carrera.
él sabe que lo quiero tan bien...
... como en los días en
los que yo tocaba su timbre...
...y él tocaba el mío...
...pero entonces eramos
mas jovenes.
y ahora somos hombres
ocupados y cansados.
cansados de jugar
a un juego tonto.
cansados de intentar
hacernos un nombre.
-mañana¡ mañana le llamare y le recordare nuestras hazañas.-
pero mañana viene
y
mañana se va...
... y la distancia entre nosotros
crece y crece.
a la vuelta
de la esquina...
...aunque a gran distancia.
y eso es lo que obtenemos...
y merecemos al final.
a la vuelta de la esquina...
... un amigo se desvaneció.
martes, 9 de julio de 2013
domingo, 7 de julio de 2013
Roger
6 horas Antes...
La impaciencia crecía a la vez que iban sonando los tonos de la llamada, mil dudas bailaban en mi mente tratando de hacerme cambiar de parecer, como si esa voz años atrás olvidada fuera a cambiar mi decisión.
-¿Diga?- su voz tenia un tinte juvenil y juguetón, sabía que era yo quien llamaba.
-¿Porque lo hiciste? Que te hace pensar que simplemente no trataba de gastar una broma a una de mis alumnas...- Quedaba muy falso, pero esa voz interna empezaba a ganar terreno lentamente.
- No lo pensé, me deje llevar, ¿acaso no tomé la decisión correcta? Al menos, me ha llamado, tan alocado no fue mi experimento.
¡ Oh dios! Y encima se permite el lujo de ronronear delante de mi cara con la esperanza de que no voy a devorarla, cuan equivocada estaba...
-Apunta esta dirección, en 5 horas, no me falles.
Y colgué, para impedir alguna replica, tenia que ser así, preciso, milímetro, como todo en mi vida.
Decidido a que no iba a poder conciliar el sueño, enciendo las luces, desnudo mi masculinidad, y empiezo mi ritual, el reproductor cobra vida, haciendo gemir a un piano hasta el éxtasis, me miro frente al espejo y no me reconozco apenas, un espíritu joven encerrado en una carcasa adulta, no pasaba de los 30 años, pero mis ojos... mis ojos habían visto demasiado, y mirada era sabia y cansada. Como un ser atemporal que ha visto crecer el universo desde antes de nacer.
Vuelvo a casa raudo, una fuerza tira de mi vientre, atrayéndome a casa, preparo la mesa con velas, enciendo de nuevo el reproductor, mientras cantos gregorianos se funden con el climax de una joven, todo mi vello se eriza ante la sola imagen, de tenerla desnuda en mi cama, y demostrarle que es solo mía.
La impaciencia crecía a la vez que iban sonando los tonos de la llamada, mil dudas bailaban en mi mente tratando de hacerme cambiar de parecer, como si esa voz años atrás olvidada fuera a cambiar mi decisión.
-¿Diga?- su voz tenia un tinte juvenil y juguetón, sabía que era yo quien llamaba.
-¿Porque lo hiciste? Que te hace pensar que simplemente no trataba de gastar una broma a una de mis alumnas...- Quedaba muy falso, pero esa voz interna empezaba a ganar terreno lentamente.
- No lo pensé, me deje llevar, ¿acaso no tomé la decisión correcta? Al menos, me ha llamado, tan alocado no fue mi experimento.
¡ Oh dios! Y encima se permite el lujo de ronronear delante de mi cara con la esperanza de que no voy a devorarla, cuan equivocada estaba...
-Apunta esta dirección, en 5 horas, no me falles.
Y colgué, para impedir alguna replica, tenia que ser así, preciso, milímetro, como todo en mi vida.
Decidido a que no iba a poder conciliar el sueño, enciendo las luces, desnudo mi masculinidad, y empiezo mi ritual, el reproductor cobra vida, haciendo gemir a un piano hasta el éxtasis, me miro frente al espejo y no me reconozco apenas, un espíritu joven encerrado en una carcasa adulta, no pasaba de los 30 años, pero mis ojos... mis ojos habían visto demasiado, y mirada era sabia y cansada. Como un ser atemporal que ha visto crecer el universo desde antes de nacer.
Tras terminar mi ducha, me siento, desnudo, frente a varias barras de incienso, cuyo humo baila como pequeños dragones grises, invadiendo todo el espacio de la habitación, enciendo mi pipa de agua, con la esperanza de calmar mi interior, que salta como un niño ante un juguete nuevo.
Si cierro los ojos, aun puedo recordar todas sus curvas a la perfección, puedo oler su esencia de flor salvaje, intentando entrar en todos mis poros, como el humo de la shisha.
Tras la intensidad de placer olfativo, siento la calma de una noche de verano.
Cambio mi pensamiento y de forma sigilosa, decido vestirme y salir de casa a escondidas, como si de un abandono infiel se tratase…
Mis pasos incesantes bordean las calles de este barrio de anciana vitalidad, llevándome a una tienda abierta a altas horas de la madrugada.
Mi cuerpo se adentra, y en el pasillo de la entrada, cruza la mirada con una muchacha de ojos verdes que clavan su deseo en mí, continúo, deteniéndome frente al departamento de vinos, que me permiten observarla con escasa visión mediante el rabillo del ojo;
Mis pasos incesantes bordean las calles de este barrio de anciana vitalidad, llevándome a una tienda abierta a altas horas de la madrugada.
Mi cuerpo se adentra, y en el pasillo de la entrada, cruza la mirada con una muchacha de ojos verdes que clavan su deseo en mí, continúo, deteniéndome frente al departamento de vinos, que me permiten observarla con escasa visión mediante el rabillo del ojo;
Escojo uno suave con esperanza de que los gustos de mi invitada no sean demasiado selectos;
La muchacha gira la cabeza hacia la derecha, fijando su excitante mirada en mí, me recorre de arriba a abajo con gran seriedad, puedo imaginar, sentir su tacto de piel, pidiendo que la acompañe.
La muchacha gira la cabeza hacia la derecha, fijando su excitante mirada en mí, me recorre de arriba a abajo con gran seriedad, puedo imaginar, sentir su tacto de piel, pidiendo que la acompañe.
Niego con la cabeza, demasiado provocativo y arriesgado para mi gusto, con una sentencia a muerte por día, voy mas que sobrado.
Vuelvo a casa raudo, una fuerza tira de mi vientre, atrayéndome a casa, preparo la mesa con velas, enciendo de nuevo el reproductor, mientras cantos gregorianos se funden con el climax de una joven, todo mi vello se eriza ante la sola imagen, de tenerla desnuda en mi cama, y demostrarle que es solo mía.
Tras una larga espera, suena el timbre, al abrir la puerta, la veo, como un sacrificio a algún dios pagano, con un aura de pervesión y lujuria tintados de timidez y dulzura, sin nisiquiera hablarle, la invito a pasar, le ofrezco una copa, y tras cerrar la puerta tras ella, la aprieto contra la pared y contra mi, devorando sus labios, intentando robarle el alma con mi lengua.
domingo, 30 de junio de 2013
Larisa
“Podría ser mi padre.” Esas palabras me atormentaban y refrenaban mis impulsos más básicos. Pero ambos sabíamos que pasaría esa noche…
Sonriente, desvergonzado y atractivo. Creo que el reflejo de juventud se veía en sus vidriosos y juguetones ojos. Él sabía que esa era su mejor baza y la estaba aprovechando con cálculo milimétrico.
No podía sentirme así, no con él. No sintiendo que mil bestias trotaban en mi pecho, intentando liberar mis instintos mas primarios
-Podría ser tu hija.
Creo que ese fue el momento en el que me di por perdida. Simplemente sonrío y se fue. Me sentía vacía, ¿qué estaba ocurriendo? ¿Acaso es tan excitante que te entre un treintañero?. Era mejor así, podría continuar bebiendo mi copa y luego me iría a casa a dormir. Tenia que serlo, esto estaba mal, jamas deberia haber surgido nada de eso, una fantasia de libro barato, donde un maestro y su alumna, se demostraban su amor...
En ese momento algo empezó a descuadrarme, ese estúpido hombre con olor a tabaco y especias me miraba en la lejanía mostrando la misma sonrisa pícara que hace unos segundos me había deslumbrado. ¿Le da completamente igual? ¿No le importaba arriesgarse a perder su trabajo por un capricho juvenil? Sentia como si miles de lenguas de fuego me acariciaban las piernas, toda la piel excitada solo de imaginarme a este "Chico Malo" que conseguia lo que se proponia costase lo que costase.
El dialogo mental continuo unos abrasantes minutos mientras él lanzaba intermitentes miradas recorriendo mi cuerpo de los pies a la cabeza. Me sentía deseada y sé que lo necesitaba, pero no podía ser, no con él. Tenia que convencerme a mi misma que aquello estaba mal, iba en contra de todos mis principios, pero esas mirabas mandaban mi conciencia al rincon mas apartado, castigado por intentar ser tan recto.
No sé qué ocurrió pero estaba cansada y me apetecía dormir, me acerqué a él para despedirme. Una ligera brisa me trajo su esencia, que mezclada con el vino que embotaba mi cabeza, lo hacia mas deseable, humedecia mis labios y secaba mi lengua, como si mi unico escape, estuviese entre esos dientes, que ansiaba que me marcaran.
-Me voy a casa
-¿No piensas invitarme? (otra vez esa maldita sonrisa que derrumbaba mis defensas como una ola se lleva un castillo de arena)
-Ni en tus mejores sueños...
No pude acabar la frase cuando me apartó el pelo de la oreja muy lentamente, se acercó a esta y susurró:
-A veces la realidad es más excitante que el mejor de los sueños.
Lo tenia tan cerca que podia escuchar su latir dentro de mi cabeza, como un despertador que me sacaba de una larga hibernación.
Nuestros labios se encontraron durante unos instantes, mientras yo pensaba:
Podría ser mi padre
Pero ambos sabíamos que pasaría esa noche…
viernes, 28 de junio de 2013
Roger
Ella se me quedó mirando, irradiando picardía. La pequeña bribona sostenía mis gafas a la altura de la cintura, meciéndolas al mismo compás con el que balanceaba el cuerpo, procurando parecer indefensa. Sin embargo, todos sus sentidos estaban atentos a cualquier movimiento, inspeccionándome con falsa timidez. Me dedicaba una mirada indiferente que se columpiaba entre mí y el paisaje alrededor, invirtiendo en interés de forma proporcionada, como una balanza en perfecto equilibrio. De ese mismo modo rió por un segundo, satisfecha de su pequeña treta, divertida de leer en mis facciones una leve, muy leve, casi insignificante expresión de sorpresa, que reconocí se había ganado a pulso.
Sin mediar palabra, aprovechando el vaivén, la chica retrocedió un par de pasos. Alargó el brazo y me atrapó por el torso con una fuerza exagerada. Sirviéndose de un dramatismo hilarante, con un gesto muy pronunciado, comenzó a palpar mi americana polvorienta. Como un pequeño roedor, desfilaba a zancadas por mi chaqueta, a la caza de una cueva en la que esconderse. Metió la mano, pequeña y resbaladiza, en el bolsillo más inaccesible de todos, y dejó caer ahí las gafas. Luego, la sacó con un suave contoneo.
-Ahí lo tienes -sentenció, sonriendo muy lúcida, ante mi asombro.
La chiquilla se tocó el pelo, pellizcándolo desde la raíz hasta las puntas, de pura satisfacción. Pasmado como estaba di un paso adelante, esperando alcanzar algo parecido a tierra firme, pero el suelo trepidaba con violencia y apenas pude sostenerme. Retrocedí. Estaba en el mundo de la gelatina. Pero qué chica tan engreída.
-Gracias -dije, parpadeando un par de veces-. Espero que las cuidaras bien; son mi pequeño tesoro.
-Sé cuidar de las cosas -respondió, riendo de nuevo.
-Si lo haces siempre así -proseguí, con mucha seriedad-. Quizás podrías ser mi secretaria.
Ella sonrió otra vez y volvió a dar rienda suelta al balanceo. Dio un paso hacia adelante. Tenía un lunar junto al labio, en la mejilla izquierda, que ahora parecía grande y cercano. Todo un planeta para explorar. Dio otro paso enfrente. Podía oír su respiración frenética y contagiarme de su perfume. Me di cuenta de que no se había puesto maquillaje, y me pregunté qué más cosas no llevaría consigo ¿Debería preguntárselo? Estábamos tan cerca…
-¡Profesor!
Y así acabó de repente. Las alumnas nos habían seguido desde la clase, y pronto me invadían con preguntas. Di la vuelta distraído y permanecí a la espera. Oía, pero no escuchaba apenas. La brutalidad de aquel torbellino consiguió disipar mi somnolencia, y regresé a la realidad de repente. Retomando el control, aclaré las dudas sobre la materia a todo el mundo. No sirvió de nada: querían más y más. Halagado por el interés que tenían por la asignatura, perdí de vista a la chica de antes. Cuando me di cuenta de que aquella muchedumbre era similar a unas arenas movedizas, ella había desaparecido de mi vista. Me excusé con franca cortesía y abandoné el pasillo inmediatamente. Me puse a buscarla de camino a la salida: teníamos una conversación por resolver.
Nada en las escaleras. Nada en el vestíbulo. Nada en la glorieta ni en el jardín. Nada de nada. Estaba casi a punto de marcharme cuando se me ocurrió algo. Tenía que ir a la biblioteca a tomar un par de libros, así que quise suponer que la encontraría allí.
Sin embargo, el lugar estaba vacío. Desistí entonces y, ya relajado, tomé asiento cerca de la ventana. Aprovechando así la luz del sol me dispuse a concentrarme en mi lectura. Metí la mano en el bolsillo y cogí las gafas con delicadeza.
Pero ahí había algo más. Un trozo de papel arrugado. En el interior, un teléfono móvil. Qué lista había sido. Me levanté de repente y salí afuera. Cuando llegué al patio, y tras encenderme un cigarrillo, quemé la pequeña hoja doblada con el mechero. Cerciorándome una y otra vez de que había hecho lo correcto, regresé al rincón de lectura. Un profesor no podía salir con su alumna así como así, sin más. Podrían echarme de la universidad. Fue lo más adecuado. Para ambos.
Al día siguiente, la llamé.
Sin mediar palabra, aprovechando el vaivén, la chica retrocedió un par de pasos. Alargó el brazo y me atrapó por el torso con una fuerza exagerada. Sirviéndose de un dramatismo hilarante, con un gesto muy pronunciado, comenzó a palpar mi americana polvorienta. Como un pequeño roedor, desfilaba a zancadas por mi chaqueta, a la caza de una cueva en la que esconderse. Metió la mano, pequeña y resbaladiza, en el bolsillo más inaccesible de todos, y dejó caer ahí las gafas. Luego, la sacó con un suave contoneo.
-Ahí lo tienes -sentenció, sonriendo muy lúcida, ante mi asombro.
La chiquilla se tocó el pelo, pellizcándolo desde la raíz hasta las puntas, de pura satisfacción. Pasmado como estaba di un paso adelante, esperando alcanzar algo parecido a tierra firme, pero el suelo trepidaba con violencia y apenas pude sostenerme. Retrocedí. Estaba en el mundo de la gelatina. Pero qué chica tan engreída.
-Gracias -dije, parpadeando un par de veces-. Espero que las cuidaras bien; son mi pequeño tesoro.
-Sé cuidar de las cosas -respondió, riendo de nuevo.
-Si lo haces siempre así -proseguí, con mucha seriedad-. Quizás podrías ser mi secretaria.
Ella sonrió otra vez y volvió a dar rienda suelta al balanceo. Dio un paso hacia adelante. Tenía un lunar junto al labio, en la mejilla izquierda, que ahora parecía grande y cercano. Todo un planeta para explorar. Dio otro paso enfrente. Podía oír su respiración frenética y contagiarme de su perfume. Me di cuenta de que no se había puesto maquillaje, y me pregunté qué más cosas no llevaría consigo ¿Debería preguntárselo? Estábamos tan cerca…
-¡Profesor!
Y así acabó de repente. Las alumnas nos habían seguido desde la clase, y pronto me invadían con preguntas. Di la vuelta distraído y permanecí a la espera. Oía, pero no escuchaba apenas. La brutalidad de aquel torbellino consiguió disipar mi somnolencia, y regresé a la realidad de repente. Retomando el control, aclaré las dudas sobre la materia a todo el mundo. No sirvió de nada: querían más y más. Halagado por el interés que tenían por la asignatura, perdí de vista a la chica de antes. Cuando me di cuenta de que aquella muchedumbre era similar a unas arenas movedizas, ella había desaparecido de mi vista. Me excusé con franca cortesía y abandoné el pasillo inmediatamente. Me puse a buscarla de camino a la salida: teníamos una conversación por resolver.
Nada en las escaleras. Nada en el vestíbulo. Nada en la glorieta ni en el jardín. Nada de nada. Estaba casi a punto de marcharme cuando se me ocurrió algo. Tenía que ir a la biblioteca a tomar un par de libros, así que quise suponer que la encontraría allí.
Sin embargo, el lugar estaba vacío. Desistí entonces y, ya relajado, tomé asiento cerca de la ventana. Aprovechando así la luz del sol me dispuse a concentrarme en mi lectura. Metí la mano en el bolsillo y cogí las gafas con delicadeza.
Pero ahí había algo más. Un trozo de papel arrugado. En el interior, un teléfono móvil. Qué lista había sido. Me levanté de repente y salí afuera. Cuando llegué al patio, y tras encenderme un cigarrillo, quemé la pequeña hoja doblada con el mechero. Cerciorándome una y otra vez de que había hecho lo correcto, regresé al rincón de lectura. Un profesor no podía salir con su alumna así como así, sin más. Podrían echarme de la universidad. Fue lo más adecuado. Para ambos.
Al día siguiente, la llamé.
Larisa...
Él entró en la clase y cerró la puerta de golpe. La muchedumbre de voces, que hasta ese momento colapsaba el lugar, se fundió por un segundo para rendir homenaje al profesor. Luego se reprendieron, intermitentes como susurros, con cada paso que daba. El hombre repasó, con severa autoridad, los rostros de cada uno de nosotros. Moviendo la mano derecha con firmeza, acarició el bolsillo de su americana, ocre y desgastada, mientras depositaba las gafas sobre el pupitre más cercano, haciendo gala de un ademán igualmente estirado.
Justo delante de mí.
El profesor cruzó el umbral de rigor que nos separaba y me brindó una sonrisa punzante. Apoyado sobre la mesa, se aproximó a mí y me desarmó con unas pocas palabras cordiales. Estaba tan cerca. Ni siquiera las advertí; en el plano dónde me escondía, refugiada tras los muros que acababa de derribar, no comprendía la premura con la que había sido capturada. Perdí los papeles y me ruboricé, presa de un nerviosismo excitante. El bolígrafo, con el que había estado jugando poco antes, resbaló desde mis labios y se escurrió de entre mis dedos. Cayó al suelo, sofocando el silencio. Mi corazón marcaba el ritmo de una melodía dantesca, y mi respiración trastornada era el principal instrumento. Descubrí que todo el mundo a mi alrededor parecía darse cuenta de ello. Mis compañeros se miraban y murmullaban insinuaciones. Ellas, mis amigas, sufrían y disfrutaban, carcomidas por la envidia. Ellos también.
La asfixia impregnó cada extremidad de mi cuerpo cuando el maestro me tomó del hombro. Lo hizo con aparente calma y suavidad, aunque desprendía la mordacidad de un depredador que jugaba con la presa antes de devorarla. Recorrió el camino que quedaba hasta las yemas de mis dedos, barnizando mi brazo con el sudor que transpiraban sus manos, toscas y gruesas. Allí se detuvo con impredecible brusquedad, mientras con la mirada transitaba la misma ruta que había seguido con el cuerpo. Noté, en la palma de la mano, el bulto del frío metal, que contrastaba con el calor de la piel alrededor, ahora en ebullición. El aire estaba imbuido de un sabor agridulce, mezclado con el olor a tabaco y el vapor de agua. Me picaba la nariz como si se tratara de una alergia.
-Guárdame las gafas, por favor -me reclamó, con media sonrisa, el salvaje-. Me harán falta después de la clase.
Quise responderle. Soltar alguna frase ingeniosa o divertida, dejar que la tensión se disipara con el golpe seco de una premisa inteligente y racional. Pero fui incapaz de luchar, y preferí huir. Sonreí nerviosa. Me agaché a gran velocidad y acabé oculta debajo de la mesa, repitiéndome a mi misma que tenía que recuperar el bolígrafo, que se me había caído.
Sin embargo, ya no estaba ahí. El suelo de parquet, plano y con una corrección fustigadora, se burlaba de mí.
-Y a ti te hará falta esto otro -acabó el profesor, todavía sosteniéndome la mano con dulzura.
Dicho esto, puso el bolígrafo, que él mismo había recogido, sobre la mesa. Y se alejó. Sin más.
Me quedé inmóvil en una posición incómoda, sosteniendo las gafas que me había legado en un equilibrio precario. Percibí algunas risas de fondo y me negué a prestarles atención. En cambio, saqué de la carpeta unas hojas de papel y me dispuse a tomar apuntes.
Cuando el profesor comenzó con el discurso, poco a poco, dejé de ser el centro de atención. La emoción que me había poseído ahora pertenecía al salvaje, que se había convertido en el chamán de la multitud. Ni siquiera los demás chicos me dedicaban las típicas miradas profusas. Atrapada en la vorágine me puse a contemplar, instigada a volar mi imaginación. Pronto intenté resistirme, focalizándome en lo razonado de la charla, pero era la carne quien me gobernaba…
La clase acabó de repente, en un estallido, y una vasta manada de alumnas, como hienas, rodeó jadeante el profesor. En un extraño arrebato, tomé las gafas del maestro y me marché apresurada. Sabía con exactitud lo que tenía que hacer. Ya fuera del aula, me detuve en mitad del pasillo, y entonces ocurrió lo que esperaba. Él venía a por lo que era suyo. La voz madura y castigada del hechicero me atrapó, esta vez, por la espalda.
-Disculpa -pretendió, repasándome de arriba a abajo-. Me parece que nos hemos olvidado de algo.
Justo delante de mí.
El profesor cruzó el umbral de rigor que nos separaba y me brindó una sonrisa punzante. Apoyado sobre la mesa, se aproximó a mí y me desarmó con unas pocas palabras cordiales. Estaba tan cerca. Ni siquiera las advertí; en el plano dónde me escondía, refugiada tras los muros que acababa de derribar, no comprendía la premura con la que había sido capturada. Perdí los papeles y me ruboricé, presa de un nerviosismo excitante. El bolígrafo, con el que había estado jugando poco antes, resbaló desde mis labios y se escurrió de entre mis dedos. Cayó al suelo, sofocando el silencio. Mi corazón marcaba el ritmo de una melodía dantesca, y mi respiración trastornada era el principal instrumento. Descubrí que todo el mundo a mi alrededor parecía darse cuenta de ello. Mis compañeros se miraban y murmullaban insinuaciones. Ellas, mis amigas, sufrían y disfrutaban, carcomidas por la envidia. Ellos también.
La asfixia impregnó cada extremidad de mi cuerpo cuando el maestro me tomó del hombro. Lo hizo con aparente calma y suavidad, aunque desprendía la mordacidad de un depredador que jugaba con la presa antes de devorarla. Recorrió el camino que quedaba hasta las yemas de mis dedos, barnizando mi brazo con el sudor que transpiraban sus manos, toscas y gruesas. Allí se detuvo con impredecible brusquedad, mientras con la mirada transitaba la misma ruta que había seguido con el cuerpo. Noté, en la palma de la mano, el bulto del frío metal, que contrastaba con el calor de la piel alrededor, ahora en ebullición. El aire estaba imbuido de un sabor agridulce, mezclado con el olor a tabaco y el vapor de agua. Me picaba la nariz como si se tratara de una alergia.
-Guárdame las gafas, por favor -me reclamó, con media sonrisa, el salvaje-. Me harán falta después de la clase.
Quise responderle. Soltar alguna frase ingeniosa o divertida, dejar que la tensión se disipara con el golpe seco de una premisa inteligente y racional. Pero fui incapaz de luchar, y preferí huir. Sonreí nerviosa. Me agaché a gran velocidad y acabé oculta debajo de la mesa, repitiéndome a mi misma que tenía que recuperar el bolígrafo, que se me había caído.
Sin embargo, ya no estaba ahí. El suelo de parquet, plano y con una corrección fustigadora, se burlaba de mí.
-Y a ti te hará falta esto otro -acabó el profesor, todavía sosteniéndome la mano con dulzura.
Dicho esto, puso el bolígrafo, que él mismo había recogido, sobre la mesa. Y se alejó. Sin más.
Me quedé inmóvil en una posición incómoda, sosteniendo las gafas que me había legado en un equilibrio precario. Percibí algunas risas de fondo y me negué a prestarles atención. En cambio, saqué de la carpeta unas hojas de papel y me dispuse a tomar apuntes.
Cuando el profesor comenzó con el discurso, poco a poco, dejé de ser el centro de atención. La emoción que me había poseído ahora pertenecía al salvaje, que se había convertido en el chamán de la multitud. Ni siquiera los demás chicos me dedicaban las típicas miradas profusas. Atrapada en la vorágine me puse a contemplar, instigada a volar mi imaginación. Pronto intenté resistirme, focalizándome en lo razonado de la charla, pero era la carne quien me gobernaba…
La clase acabó de repente, en un estallido, y una vasta manada de alumnas, como hienas, rodeó jadeante el profesor. En un extraño arrebato, tomé las gafas del maestro y me marché apresurada. Sabía con exactitud lo que tenía que hacer. Ya fuera del aula, me detuve en mitad del pasillo, y entonces ocurrió lo que esperaba. Él venía a por lo que era suyo. La voz madura y castigada del hechicero me atrapó, esta vez, por la espalda.
-Disculpa -pretendió, repasándome de arriba a abajo-. Me parece que nos hemos olvidado de algo.
sábado, 22 de junio de 2013
Blanco...
Empieza por pruebas mas sencillas y no intentes nada mas difícil hasta haber superado el paso anterior. Puedes comenzar privándote de algún alimento que te guste, o apartando un pensamiento agradable de tu mente, o quedándote una hora y media mas a meditar aunque tengas sueño.
Eres tú quien debe elegir las pruebas a tu medida, no serviría de nada que yo te las impusiera.
>>Lo mas importante es que, poco a poco, vayas aprendiendo a controlar tus necesidades físicas y espirituales. Será un proceso largo, pero el esfuerzo merece la pena. Sin darte cuenta llegara el día en que te sentirás libre, completamente libre... Y eso, créeme, no tiene precio.<<
Eres tú quien debe elegir las pruebas a tu medida, no serviría de nada que yo te las impusiera.
>>Lo mas importante es que, poco a poco, vayas aprendiendo a controlar tus necesidades físicas y espirituales. Será un proceso largo, pero el esfuerzo merece la pena. Sin darte cuenta llegara el día en que te sentirás libre, completamente libre... Y eso, créeme, no tiene precio.<<
martes, 9 de abril de 2013
Diario de un Camino
Algo pasa a 150 kilómetros por hora.
Los tubos de escape ahogan cualquier sonido. La vibración del motor va al ritmo del corazón. El campo de visión se centra en lo inmediato. Y de repente, ya no estás sobre la carretera, estás dentro de su seno, siendo parte de ella. Tráfico, paisaje, policía… solo son trozos de cartón que vuelan mientras pasas.
A veces olvido esa sensación.
Por eso me encantan estos viajes largos. Todos tus problemas, todo el ruido, se van. Nada por lo que preocuparse excepto por lo que está en frente de ti. Quizás esa es mi lección de hoy... aferrarme a estos momentos, apreciarlos un poco más.
No quedan muchos de esos.
Encontrar cosas que te hagan feliz no debería ser tan difícil. Sé que tendrás que afrontar dolor, sufrimiento, elecciones difíciles... pero no puedes dejar que ese peso estrangule la alegría de tu vida. Pase lo que pase, tienes que encontrar lo que te quiere y correr hacia ello.
Hay un viejo dicho. Lo que no te mata, te hace más fuerte.
No lo creo.
Pienso que las cosas que tratan de matarte te vuelven enfadado y triste. La fuerza viene de las cosas buenas... tu familia, tus amigos, la satisfacción del trabajo duro.
Esas son las cosas que guardarás dentro. Esas son las cosas a las que aferrarse cuando estés destrozado.
A veces olvido esa sensación.
Por eso me encantan estos viajes largos. Todos tus problemas, todo el ruido, se van. Nada por lo que preocuparse excepto por lo que está en frente de ti. Quizás esa es mi lección de hoy... aferrarme a estos momentos, apreciarlos un poco más.
No quedan muchos de esos.
Encontrar cosas que te hagan feliz no debería ser tan difícil. Sé que tendrás que afrontar dolor, sufrimiento, elecciones difíciles... pero no puedes dejar que ese peso estrangule la alegría de tu vida. Pase lo que pase, tienes que encontrar lo que te quiere y correr hacia ello.
Hay un viejo dicho. Lo que no te mata, te hace más fuerte.
No lo creo.
Pienso que las cosas que tratan de matarte te vuelven enfadado y triste. La fuerza viene de las cosas buenas... tu familia, tus amigos, la satisfacción del trabajo duro.
Esas son las cosas que guardarás dentro. Esas son las cosas a las que aferrarse cuando estés destrozado.
Mark Boone Junior
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